El Sahara es el desierto más extenso del mundo: situado en el norte de África, se adentra 1.610 kilómetros en el continente y tiene una anchura de 5.150 kilómetros desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo. Su superficie total es superior a los 9 millones de kilómetros cuadrados, de los que sólo 207,200 son oasis parcialmente fértiles. Se extiende por el territorio de los siguientes países: Argelia, Túnez, Marruecos, Sahara Occidental, Mauritania, Níger, Libia, Egipto y Chad.
Hace 4.500 años, cuando el faraón egipcio Keops ordenó levantar la Gran Pirámide de Giza, el Sahara no era un desierto. Los monzones habían convertido 10.000 años antes el norte de África en una especie de pradera, plagada de lagos y pantanos. Cómo se convirtió este Sahara verde en el desierto cálido más grande del mundo ha sido durante años un enigma equiparable a la discusión sobre cómo se construyeron las pirámides.
Un equipo de científicos dirigido por Stefan Kröpelin, del Instituto de Arqueología Prehistórica de la Universidad de Colonia en Alemania, aviva el encendido debate, en la revista Science, Según su investigación, la transición entre el Sahara verde y el inhospitalario desierto actual fue gradual y no abrupta, como se asumía por la gran mayoría de los investigadores.
El hallazgo inhabilita uno de los ejemplos más empleados para mostrar los catastróficos cambios que pueden experimentar los ecosistemas naturales.
Para realizar su trabajo, Kröpelin y sus colegas han estudiado una de las mayores masas de agua saharianas, el lago Yoa, situado al norte de Chad.
Los investigadores han analizado los sedimentos del lago, además de indicadores biológicos, como polen, esporas y restos de algas e invertebrados acuáticos. Estos elementos les han permitido construir un registro continuo de los cambios del clima y el ecosistema en los últimos 6.000 años.
Para los autores, los resultados evidencian que la deshidratación del paisaje sahariano implicó una reducción gradual de la vegetación tropical, seguida de una pérdida de la cobertura herbácea y la conquista del territorio por las actuales plantas desérticas, culminada hace 2.700 años.
Hasta ahora, la comunidad científica era partidaria de la teoría de un cambio brusco del Sahara, supuestamente convertido en un erial en unos pocos cientos de años. La hipótesis se basa, fundamentalmente, en el estudio de los sedimentos marinos del Atlántico ecuatorial, que conservan una parte de la historia del vecino continente.
Estos sedimentos oceánicos sugieren que el polvo procedente del norte de África aumentó de manera súbita hace unos 5.500 millones de años, como consecuencia de un telonazo del llamado Periodo Húmedo Africano.
Algunos modelos climáticos también apoyan la idea de un “colapso abrupto de la vegetación y las precipitaciones”, como indica en la revista Science Jonathan A. Holmes, del Centro de Investigación del Cambio Medioambiental, en Londres. Para este científico, el estudio de Kröpelin no es la última palabra, pero sí un paso muy importante. Ya no tiene sentido, defiende, hacer más registros. Las localizaciones idóneas para hacerlos probablemente no existen.
La utilización de madera como combustible, la exportación de maderas duras como fuente de divisas y abrir nuevas tierras para el cultivo, la ganadería o la extracción de minerales son las principales causas de la deforestación.
No solo es el tercer planeta de nuestro sistema solar, sino que el único con vida (¡bueno por lo menos hasta donde sabemos!).