Algunos investigadores han propuesto una serie de soluciones radicales cuyo fin es contrarrestar el cambio climático.
Una de las ideas fue propuesta por James Lovelock que es alterar el ecosistema marino para que se multiplique la población de algas, de modo que éstas absorban el CO2 y provoquen la creación de más nubes con un efecto refrigerador.
Chris Rapley propone llenar los mares con tubos huecos de unos 200 metros de longitud. En su base habría grandes válvulas capaces de empujar hacia arriba las aguas de las profundidades, ricas en nutrientes. Según expertos del Centro Nacional de Oceanografía de Southampton, Reino Unido, “este escenario acarrearía aguas con mayores niveles de carbono natural en la superficie, causando la emisión del gas tóxico CO.
Uno de los proyectos más ambiciosos en este campo sería la construcción de una red de billones de lentes reflectantes, de unos 60 centímetros de diámetro cada una. El autor de este concepto, Roger Angel, explica que el objetivo sería desviar desde el espacio la radiación solar.
John Latham, catedrático de la Universidad de Manchester, Inglaterra, cree que si se aumenta la reflectividad de las nubes, evaporando el agua de los océanos, en términos sencillos “echando sal al aire”, se evitaría parte de la radicación solar, retrasaría las lloviznas y lograría que las nubes duren más.
El Nobel de Química Paul Crutzen también se ha atrevido a predicar posibles líneas de acción. En este caso, la propuesta es inyectar toneladas de partículas de azufre o dióxido sulfúrico en la atmósfera, a través de cientos de aviones o globos. No obstante, un reciente estudio del Centro Nacional para la Investigación Atmosférica (NCAR), determinó que esto causaría daños irreversibles en la capa de ozono, lo cual permitiría el paso de una mayor cantidad de radiación ultravioleta, dañina para la vida.
Finalmente, la empresa Planktos propuso fertilizar los mares con partículas de hierro, puesto que ello multiplicaría la cantidad de fitoplancton presente en el agua, generando una explosión de vida vegetal marina, que absorbería más CO2. Al parecer, su aplicación puede ser inmediata y poco costosa, pero se podría alterar la circulación del hierro en los océanos.
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